El amor de Jesús manifiesta y genera nueva vida de plenitud.

 Dios ama al hombre



¿Cuál es la esencia del Cristianismo? Amor a Dios y amor al prójimo. Son los dos ejes sobre los que se apoya el Cristianismo. Todo seguidor de Cristo ya sabe por dónde tiene que ir. El verdadero amor de Dios se manifiesta con el envío de su único Hijo, nacido en la Virgen María, el evangelista afirma muy bien el plan de Dios para la salvación de la humanidad diciendo:

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27.a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» 29. Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. 30. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; 31.vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. 32. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33.reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» 34. María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» 35. El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. 36. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, 37.porque ninguna cosa es imposible para Dios.» 38. Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue” (Lc 1, 26-38).

La encarnación de Jesús es la evidencia del amor de Dios con la humanidad, ese amor se encarnó en la misma esencia del ser humano, por lo tanto, Yahvé ama a la humanidad con el envío de su único hijo: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10). "El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). "Él se manifestó para quitar los pecados" (1 Jn 3, 5):

Juan Pablo II (1987) recuerda a la Iglesia Universal sobre la importancia de la figura de María en ser depósito y medio para la manifestación del amor de Dios con la humanidad diciendo: “María tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor del Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu, la mujer de la que nació el Redentor” (No. 1).

El hombre su invitación es Amar a Dios: ¡Cuántos motivos tenemos para amar a Dios! ¡Infinitos! Nos ha creado, nos ha redimido, nos acompaña en el camino de la vida con su Providencia, nos ha entregado a su Hijo Eterno que se hizo hombre, Jesús. Y con Jesús nos dio a su Madre Santísima. Y no nos dejó solos en la vida, sino que nos edificó la Iglesia y en la Iglesia nos ofrece los sacramentos, unos servidores que le representan, el Papa, los obispos, los sacerdotes. Nos concedió también una familia humana, unos papás, y unos hijos nos sentimos el amor de Dios Padre. Y más regalos: trabajo, salud. ¿Qué más queremos? ¿Cómo pagaremos a Dios todo el bien que nos ha hecho? Rezando cada día con gratitud y confianza, cumpliendo sus mandamientos con amor y alegría, solo de esa forma podremos reconocer el gran amor que Dios nos tiene.

Amar al prójimo: este prójimo se extiende a todos los hombres, buenos y malos, justos e injustos, amigos y enemigos, simpáticos y antipáticos. Amor hecho perdón y misericordia, bondad y comprensión, paciencia y respeto. Aquí está la novedad del Cristianismo. El judío del tiempo de Jesús entendía el amor al prójimo sólo a sus conocidos y familiares y de su misma religión. El cristiano debe amar a todos sin ninguna discriminación de raza o de religión. Y, sobre todo, amar al que sufre, al marginado, al pobre, al necesitado, como lo enseña la parábola del buen samaritano (Lucas 10, 25). Nuestro amor al prójimo es mucho más que filantropía o solidaridad humana. Debemos amar al prójimo porque todos somos hijos de Dios y hermanos en Cristo. Y amando al prójimo, estamos amando a Dios, porque Dios se esconde detrás de cada uno de nosotros: “Lo que hiciste a uno de estos mis hermanos, a Mí me lo hiciste” (Mateo 25, 40).

 


Examinémonos hoy cómo estamos cumpliendo este mandamiento del amor en sus dos dimensiones: amar a Dios y amar al prójimo como a nosotros mismos. ¿Qué nota me pondría, si Dios me examinase? ¡Del 1 al 10! Aún estamos a tiempo. Estrenemos cada día este amor a Dios y al prójimo. Así construiremos la civilización del amor cristiano que transformará nuestra sociedad llenándola de paz, respeto y justicia. Y se irá destruyendo el reino del mal, de la violencia, del odio, del crimen, de la guerra y ambición, de la envidia y malquerencia. Ratzinger reflexiona sobre el ser del hombre como imagen de Dios, así mismo, sobre la importancia de contrarrestar el pecado diciendo:

 

han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal.10 La igual dignidad de las personas se realiza como complementariedad física, psicológica y ontológica, dando lugar a una armónica, unidualidad, relacional, que solo el pecado y las ‘‘estructuras de pecado'' inscritas en la cultura han hecho potencialmente conflictivas. La antropología bíblica sugiere afrontar desde un punto de vista relacional (No. 8).

 

La minimización del pecado solo es posible de crear unas buenas relación tanto con Dios y con las demás personas.

 


Pidamos a la Virgen Santísima, Madre el Amor Hermoso, que nos enseñe el arte de amar a Dios y al prójimo, como Ella lo vivió aquí en la tierra. Y una de las principales de la misión de Jesús era dignificar al ser humano desde el amor de Dios. Juan Pablo II (987) recuerda muy bien sobre la participación del amor Divino de la humanidad diciendo:

 

Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana: «Y bendíjolos Dios y les dijo: " Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla"» (No. 28).



El hombre participa en la cooperación del amor de Dios creador es la manifestación del verdadero amor de Dios con la humanidad. Por esta misma razón, la persona está invitado a amar a su creador pero también hacer vida de amor al prójimo como enfatiza el evangelista:  En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas» (Mt 22,34-40).



 

EL MANDAMIENTO PRINCIPAL:

Amar a Dios, amor de Dios, amar como Dios.

 

Lo de amar a Dios y al prójimo lo tenemos archisabido. Lo sabemos y a menudo lo procuramos. Pero pocas veces tenemos en cuenta que nuestro corazón, espontáneamente, no tiende a amar así por las buenas a cualquier "prójimo", sino que tiende a buscar, amar, seleccionar y corresponder a aquellos que percibe como amigables y agradables, mientras se encoge o cierra con los adversarios, con los distintos o, simplemente, ignora a los que no les interesan especialmente. Y nos parece natural, y no nos causa especial inquietud. Salvo contadas excepciones.


Ya es un primer paso acoger esa Palabra de Dios que nos advierte para que no dejemos entrar en nosotros al resentimiento, el odio, la revancha porque nos daña principalmente a nosotros mismos. Pero saltar a amar a todos es bastante más complejo, porque el instinto natural sólo entiende de amigos; no fluye espontáneamente de nosotros la actitud y generosidad de amar a todos. Y casi diríamos "¡ni falta que hace!".  Con respecto a lo de conformarnos con amar sólo a los nuestros (aunque tampoco sobran a veces las dificultades), ya lo valoró Jesús en otro momento: si saludáis a los que os saludan, ¿qué merito tenéis? ¿Si amáis a los que os aman? ¿Qué merito tenéis? También lo hacen así los paganos (Lc 6, 32-33). ¿Qué hacéis de extraordinario? Y levanta el listón: «Amaos los unos a los otros, amad a los que os odian, rezad por los que os persiguen, si te piden medio, da entero»... Es decir: que como discípulos de Jesús tenemos que llegar más allá de ese espontáneo amar a los nuestros, a los que nos corresponden.

 


Para asumir estos retos de Jesús hay que empezar, por aceptarnos a nosotros mismos, tal como somos y estamos. Y al mismo tiempo también, aceptar la misericordia de Dios, que al amarnos y comprendernos en nuestra miseria, nos posibilita tratar a los otros con la misma generosidad e  incondicionalidad. Sería tarea imposible pretender llevarnos bien con todos los demás sin aceptarnos a nosotros mismos y, sin haber experimentado el amor y el perdón de Dios.


Por eso, antes que nada necesitamos amarnos como Dios nos ama, para poder después amar a los demás como a nosotros mismos. El amor a nosotros mismos no puede ser, sin más, el punto de referencia para tratar a los demás, porque descubrimos comportamientos de puro egoísmo, de inadaptación y falta de autoaceptación, la irritabilidad o el descontento personal, el tener una autoestima demasiado elevada o excesivamente baja, heridas sin cerrar y todo esto nos causa daño a nosotros y lo acabamos reflejando en los demás. Si yo no estoy bien será muy difícil tratar a los demás bien. Y si yo estoy mal conmigo mismo los otros experimentarán sin duda las consecuencias, la cual, poco a poco se rompe la relación y empieza a gobernar el pecado, por tanto, se pierde el sentido del amor de Dios con uno mismo y afectamos a los demás.

 


 

 

Juan Pablo II (1988). Exhortación Apostólica Familiarias Consortio.  [Archivo PDF] recuperado de: http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html

 

Ratzinger, J. (2004). Carta a los obispos de la iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la iglesia y el mundo. [Archivo WORD] recuperado de: http://www.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20040731_collaboration_sp.html

Juan Pablo II (1982). Carta Encíclica Redemtoris Mater. [Archivo PDF] Recuperado de: http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031987_redemptoris-mater.pdf

 

Comentarios

  1. Gracias Antonio por tu basta presentación y reflexión, sin lugar a dudas es un tema que nos habla de Dios y del ser humano: El amor. En la última entrada del blog que realicé, tuve la oportunidad de entrevistar a Monseñor Vittorino, y el hacía un comentario que se relaciona mucho con el tema que estás profundizando... y él hablaba de la locura de amor de Dios por el ser humano, hasta el punto de preferir al hombre en lugar del Hijo, hacía la referencia de Jesús en la Cruz y también la contraposición de Abrahán con su hijo Isaac...tanto amor que para los judíos y griegos era locura y necedad. Me auguro y te deseo que podamos hacer experiencia de este amor de Dios.

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  2. Considero que el amor, siempre ha estado presente en la vida del ser humano pero en realidad, nunca ha pasado por la cabeza del hombre lo que Dios ha preparado para aquellos que le aman. Es revelado solamente a través de Su Espíritu. ¿Cómo puedes entender lo que hay en el espíritu de otro hombre? No lo puedes hacer. Podemos recibir el Espíritu de Dios para conocer el misterio de Dios, en su plenitud de amor, como nos relata el evangelista de Juan en su 1° carta diciendo: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él" (Cfr. 1 Jn 3, 1).

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